Antes de que el Tiempo Pase en Silencio

Una Refleccion sobre el Perdón, la Reconciliación y la Humildad

Hay conversaciones que posponemos pensando que siempre habrá otra oportunidad.

Otro día.

Otro momento.

Otra oportunidad para decir lo que debió haberse dicho hace mucho tiempo.

Pero la vida no siempre avanza como esperamos.

A veces los años pasan silenciosamente mientras las personas continúan cargando dolor, distancia, silencio, orgullo, arrepentimiento o palabras no resueltas dentro de su corazón.

Y muchas veces no nos damos cuenta de lo pesadas que se volvieron esas cosas hasta que la vida finalmente nos obliga a detenernos y reflexionar.

Últimamente he pensado mucho en el perdón.

En la reconciliación.

En las relaciones que lentamente descuidamos mientras asumimos que siempre habrá más tiempo para repararlas.

Porque una de las verdades más difíciles de aceptar es que el tiempo sigue avanzando estemos listos o no.

Y quizá uno de los actos más grandes de humildad es aprender a decir:

“Me equivoqué.”

“Te herí.”

“Debí acercarme antes.”

“Perdóname.”

No porque seamos débiles.

Sino porque algunas relaciones son más importantes que nuestro orgullo.

Hace años pude reencontrarme con mi madre después de casi cuatro décadas separados.

Y por la gracia de Dios también pude volver a ver a mi abuela antes de que falleciera.

Pude sentarme con ella y escuchar uno de los últimos sueños que compartió conmigo.

Ella dijo que había tenido un sueño donde estaba sentada en medio de un cuarto mientras las personas entraban una por una.

Y le preguntaba a cada persona:

“¿Y vos qué podés hacer?”

Una persona respondía:

“Yo sé coser.”

Y ella respondía:

“Entonces vos vas a coser uniformes para el programa juvenil de fútbol.”

Entraba otra persona.

Y nuevamente ella preguntaba:

“¿Y vos qué podés hacer?”

Durante mucho tiempo reflexioné sobre ese sueño.

Ella estaba preguntando:

“¿Qué podés aportar?”

Y quizá eso también es cierto en las relaciones.

¿Qué puedo aportar yo a esta relación?

A veces lo más grande que podemos aportar es humildad.

La disposición de escuchar.

La disposición de regresar.

La disposición de reconocer dolor.

La disposición de decir:

“Lo siento.”

“Perdóname.”

“No quiero que la distancia siga creciendo entre nosotros.”

Y quizá parte de por qué esto me habla tan profundamente es porque ya he vivido momentos donde esto se volvió dolorosamente real en mi propia vida.

Recuerdo una vez preparando un sermón sobre el amor.

Antes de predicarlo, le pedí a mi hijo que lo escuchara y me dijera qué pensaba.

Después de escucharlo, me dijo algo que me confrontó profundamente.

Me dijo:

“El sermón está bien… pero no entiendo por qué has estado enojado con una compañera de trabajo durante tanto tiempo.”

Yo había dejado de hablarle porque algo que dijo me había molestado.

Y cuando mi hijo me dijo eso, entendí algo importante:

es más fácil predicar sobre el amor…

que vivirlo.

Es más fácil hablar sobre el perdón…

que humillarnos y dar el primer paso.

Y antes de que llegara ese domingo, me acerqué a ella y le pedí perdón.

No porque el problema nunca hubiera existido.

Sino porque comprendí que no podía predicar sobre el amor mientras seguía cargando distancia, silencio, dolor no resuelto y orgullo dentro de mi propio corazón.

Jesús dijo una vez que antes de llevar nuestra ofrenda al altar, primero debíamos ir y reconciliarnos con nuestro hermano.

Y con el tiempo he llegado a comprender cuán difíciles — y cuán necesarias — son realmente esas palabras.

Y quizá una de las partes más difíciles de la fe es permitir que Dios nos confronte primero a nosotros antes de tratar de hablarle a otros.

Porque a veces el sermón que Dios quiere predicar no es solamente a través de nuestras palabras…

sino a través de nuestra humildad,

nuestro arrepentimiento,

y nuestra disposición a reconciliarnos mientras todavía hay tiempo.

Queremos reconciliación…

pero posponemos la conversación.

Queremos sanidad…

pero seguimos alimentando el silencio.

Queremos cercanía…

pero seguimos construyendo muros.

Y a veces los años pasan mientras el corazón continúa cargando cosas que debieron haberse hablado hace mucho tiempo.

Pero sí creo que muchas veces el corazón comienza a sanar cuando alguien finalmente dice:

“Lo siento.”

“Perdóname.”

“Reconozco el dolor que causé.”

“No quiero que la distancia siga creciendo entre nosotros.”

“Quiero acercarme otra vez.”

Y quizá eso también es parte de lo que hoy hay en mi corazón.

De la misma manera en que Dios me dio la oportunidad de reencontrarme con mi madre y ver a mi abuela una vez más antes de que falleciera…

hoy también deseo reconciliación.

No mañana.

No “algún día.”

Ahora.

Porque ya no quiero que el orgullo, el silencio, la distancia o el dolor no resuelto continúen creciendo donde el amor todavía debería existir.

Este mes celebré otro cumpleaños.

Y mientras más años cumplo, más entiendo algo:

el tiempo no solamente cambia nuestro rostro…

también revela muchas cosas dentro del corazón.

Y mientras preparaba este mensaje, comprendí que no quería seguir dejando ciertas cosas para “algún día.”

Porque la vida es frágil.

El tiempo avanza rápidamente.

Y las relaciones importantes merecen humildad, verdad y reconciliación mientras todavía tenemos tiempo.

Y hoy quiero aprovechar este momento para decir algo que quizá debí haber dicho hace mucho tiempo.

No voy a entrar en detalles.

No es necesario.

Tú y yo conocemos el dolor que te causé.

Las conversaciones pendientes que tenemos.

Los silencios que guardamos cuando debimos hablar.

Las heridas que llevás por mi culpa.

Los errores que he cometido.

Pero sí quiero decir esto sinceramente:

Perdóname.

Perdóname por el dolor que pude haberte causado.

Perdóname por las veces que te fallé.

Perdóname por las heridas que quizá cargaste en silencio.

Porque quizá los momentos más importantes de la vida no son los grandes momentos públicos…

sino los momentos sinceros donde alguien decide volver a acercarse con amor.

Porque eventualmente los años pasan.

Las conversaciones se convierten en recuerdos.

Y las personas se convierten en historias.

Pero a veces, por gracia, todavía se nos concede una oportunidad más:

una conversación más,

un abrazo más,

una oportunidad más para regresar,

un momento más para reconciliarnos,

una oportunidad más para decir:

“Aquí estoy.”

“Te amo.”

“Perdóname.”

Y quizá ahí es donde la gracia silenciosamente nos encuentra —

no solamente en momentos extraordinarios,

sino en los momentos simples donde elegimos amar, perdonar, regresar, reconciliarnos y estar presentes unos para otros.

Porque al final, el amor nunca es desperdiciado.

Y muchas veces, los momentos que más profundamente transforman nuestras vidas son los momentos donde alguien finalmente encuentra la humildad para acercarse nuevamente antes de que el tiempo pase en silencio.

Y hoy, más que un mensaje…

esto es simplemente una súplica nacida desde mi corazón.

Que puedas perdonarme.

Y que Dios también pueda perdonarme

Un pequeño acto de servicio.

Una pequeña contribución.

Un corazón dispuesto.

Quizá tú puedes orar.

Quizá puedes animar.

Quizá puedes servir como voluntario.

Quizá puedes apoyar el trabajo misionero.

Quizá puedes ayudar a alimentar a un niño, apoyar programas juveniles, proyectos ambientales o trabajo comunitario en El Salvador.

No todos traen lo mismo.

Pero juntos, pequeñas ofrendas pueden convertirse en algo mucho más grande de lo que imaginamos.

Creo que Dios todavía está buscando a alguien dispuesto a decir silenciosamente:

“Solo tengo cinco panes y dos peces…

pero los ofrezco.”

Y eso es suficiente para que Dios comience algo mucho más grande de lo que podríamos imaginar.